Crítica de libros: La sangre de Baco, de Luis Manuel López

Crítica de libros: La sangre de Baco, de Luis Manuel López Román

Si algo tiene Marco Lemurio es su capacidad para enamorar al lector desde el primer contacto. Marco es un canalla, un vividor capaz de lograr que el mismísimo Hades pagara la cuenta de la cena. Pero es uno de esos canallas que existen más allá del tiempo y del espacio. La vida, o en este caso el autor, que es su creador, podría haber puesto a Marco en una taberna de la Sevilla del siglo XVII o en un cabaret del París ocupado por los nazis y su actitud desengañada, cínica y socarrona no habría sido muy diferente de la que pudimos conocer en “Oscura Roma”. Sin embargo, Marco Lemurio nació en la Roma republicana, y es esa Roma sucia, de barro y madera, de prostitutas y libertos, de casas destartaladas, rateros y vino de mala calidad lo que da sentido al personaje. Marco Lemurio es Roma, esa Roma tan poco conocida y que por desgracia tan poco ha interesado a los escritores de novela histórica.

“Oscura Roma”  fue la presentación del personaje y su mundo. Una novela breve en la que el autor quiso lanzar al mundo el resultado de un curioso experimento: mezclar en una misma trama su pasión por la novela de terror y la Roma antigua. Sus páginas han fascinado hasta el momento a miles de lectores en todo el mundo, creando una comunidad que no para de crecer día a día.

La sangre de Baco” no es sólo a continuación de “Oscura Roma”: es también la consagración del mundo de Marco Lemurio.

¿Qué podemos encontrar en “La sangre de Baco” los lectores que ya hemos disfrutado de “Oscura Roma”? En primer lugar, algo evidente cuando uno sostiene en sus manos el libro: más páginas. La segunda aventura de Marco Lemurio es el doble de extensa que la primera, y con ello el autor solventa uno de los problemas que más lectores señalaron en “Oscura Roma”. Era demasiado breve, demasiado rápida, dejaba con ganas de más hasta un punto que resultaba casi irritante. En “La sangre de Baco” el autor se permite expandir el mundo de Marco Lemurio, profundizar en los personajes, dejarles que deambulen por Roma, que se relacionen entre ellos, que se amen y se enfrenten para deleite del lector.

Como ya ocurría en la primera parte, en esta segunda novela nos encontramos con una Roma reconstruida de forma meticulosa, hasta el punto de que si elimináramos los elementos sobrenaturales podríamos hablar de una novela histórica en el más estricto sentido de la palabra. La Roma del año 67 a.C. se muestra ante nosotros con toda su realidad y crudeza: los habitantes de Roma comienzan a pasar penurias debido al alza de los precios del trigo, producida supuestamente por la actividad de los piratas en el Mediterráneo que impiden la llegada del grano de Sicilia y otros puntos. Los políticos no tardan en utilizar este descontento en su propio provecho, y por medio de los diversos collegia, los senadores azuzan a sus partidarios para que se lancen a luchar contra los defensores de sus rivales. De este modo, el enfrentamiento entre Pompeyo y la facción más conservadora del Senado acaba por contagiar a las calles de los barrios más humildes, que se convierten en una batalla campal en la que los muertos se cuentan por centenares. Unos acontecimientos históricos que el autor ha documentado con precisión y que podemos vivir en las páginas de la novela como si estuviéramos en las mismas calles de la Subura.

Más allá de la mera trama y de la cuidada reconstrucción histórica, uno de los elementos más interesantes de “La sangre de Baco” es la profunda crítica social que subyace en la novela. Una crítica que tiene a su protagonista, Marco Lemurio, como su principal catalizador. Marco observa con desagrado y resignación cómo los hombres y las mujeres de la calle, pobres como él mismo, se matan entre ellos por defender los intereses de unos senadores que manejaban los hilos de la situación desde sus lujosas casas y desde las gradas de la Curia. Senadores que observan con deleite cómo el pueblo muere en las calles mientras ellos mismos celebran banquetes y se reúnen incluso con sus propios rivales para brindar con carísimos vinos. Marco mira la política con un enorme cinismo, con el desengaño propio de quien sabe que los que ocupan las instituciones piensan sólo en sus propios intereses y no en los de los miserables que defienden con uñas y dientes cada día un pedazo de pan con el que alimentar a su prole.

Y adornando todos estos elementos, nos encontramos una galería fascinante de personajes, históricos e inventados, que crean junto a Marco un maravilloso mosaico tan rico, brillante y colorido como era la propia sociedad romana. En primer lugar, Céfiro, el pequeño esclavo que continúa su crecimiento personal y al que vemos convirtiéndose en todo un experto de la supervivencia en las duras calles de Roma. Saturnino, el amigo de Marco, vividor y soñador empedernido. Y además de los personajes ya conocidos, en “La sangre de Baco” conocemos a otros nuevos tanto o más fascinantes: Quinto, el antiguo legionario y gladiador; Escapcio, mutilado veterano de las guerras civiles; Canidia, la temible bruja creada por el poeta Horacio y rescatada por Luis López para esta novela.

“La sangre de Baco” es, en definitiva, un regalo para los amantes de la antigua Roma que quieran viajar hasta la Urbe más desconocida, sucia y canalla que latía bajo el mármol impoluto de los templos y basílicas. Un segundo paseo por Roma de la mano de un Marco Lemurio que en esta segunda entrega comienza a convertirse ya en un entrañable amigo al que confiamos en ver en muchas más novelas en el futuro.

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