¿Cómo murió Tiberio Graco?

¿Cómo murió Tiberio Graco?

Tiberio Graco y su ley agraria

En el año 133 a.C., el tribuno de la plebe Tiberio Sempronio Graco se encontraba en una encrucijada. Meses antes, al asumir el cargo de tribuno, se había puesto como principal objetivo aprobar una ley agraria que limitara la cantidad de ager publicus que podía acaparar un mismo propietario y que permitiera repartir ante la plebe empobrecida las parcelas que excedieran esta cantidad. Para ello contaba con una poderosa factio de aristócratas que le apoyaban en sus ideas. Factio que estaba liderada por el suegro de Tiberio, el influyente senador Apio Claudio, y que incluía además a uno de los cónsules del año 133 a.C., Mucio Escévola. Un grupo de aristócratas que estaba convencido de la necesidad de hacer profundas reformas en el sistema de gobierno de la República romana si querían que éste siguiera funcionando. Con Tiberio como tribuno y Escévola como cónsul, el proyecto de ley agraria fue aprobado, no sin oposición por parte de otros grupos de senadores que deseaban frenar los repartos de tierras que se hacían a costa de perder ellos sus propias parcelas. De hecho, este grupo opositor contaba con su propio tribuno de la plebe, Octavio, que interpuso el veto a la propuesta de ley agraria. Tiberio se vio obligado a proponer a la plebe arrebatar a Octavio sus poderes tribunicios, siguiendo la idea de que alguien que no defendía los intereses de la plebe no merecía ser investido tribuno. Octavio fue depuesto de su cargo, y apenas consiguió salir con vida de la asamblea.

Aunque el proyecto de ley agraria fue aprobado, la maniobra de Tiberio fue considerada como demasiado radical incluso por algunos miembros de su grupo, que comenzaron a abandonar al tribuno.

El Senado, sin embargo, continuó con su oposición, privando a Tiberio de la financiación necesaria para desarrollar su ley. El tribuno no se arredró ante estas dificultades. Las buenas relaciones de su familia con el recién fallecido rey Átalo de Pérgamo le valieron a la Tiberio la posibilidad de presentar al Senado un nuevo proyecto: la herencia de este rey, que en su testamento lo había dejado todo al pueblo de Roma, sería utilizada para desarrollar la ley agraria, sin que el tesoro público tuviera que gastar ni un solo as. Esta propuesta suponía una violación del mos maiorum, las costumbres de los antepasados por las que se regía la política romana, pues de forma tradicional todos los asuntos relacionados con la política exterior estaban en manos del Senado. Todavía más partidarios de Tiberio le abandonaron al ver que la radicalización del tribuno no tenía visos de detenerse. Su popularidad entre la plebe, sin embargo, no había cesado de aumentar desde la aprobación de la ley agraria. Olvidándose de sus antiguos apoyos aristocráticos, Tiberio hizo que la asamblea de la plebe aprobara que el tesoro de Pérgamo se utilizara para llevar a cabo las confiscaciones y repartos de tierras. 

La muerte de Tiberio Graco

Los senadores aumentaron entonces el tono de sus críticas, afirmando que lo que Tiberio pretendía iba más allá de una simple ley agraria: pretendía proclamarse rey de Roma con el apoyo del pueblo. Una acusación de este tipo en la Roma republicana era una práctica condena de muerte. Tal y como comprobaría César un siglo más tarde, cualquier romano que aspirara al trono, o que se sospechara que pretendía hacerlo, era susceptible de ser asesinado por cualquier patriota que se preciara de serlo.

Tiberio Graco sabía que en el momento que se viera privado de la protección que el cargo de tribuno le proporcionaba, los senadores ordenarían su asesinato. Sólo tenía una posibilidad de seguir con vida: volver a ser elegido como tribuno de la plebe un año más. Aunque no era algo insólito, que un magistrado se perpetuara en el poder era considerado irregular por la ley romana. Tiberio sabía que presentarse como candidato al tribunado un año más reforzaría la acusación de que pretendía hacerse con el poder absoluto en Roma, pero no le quedaba otra opción, de modo que se personó en la asamblea en la que se votarían las candidaturas al tribunado de la plebe del año siguiente y declaró sus intenciones al pueblo.

Los aristócratas decidieron actuar de inmediato. El pontífice máximo, Escipión Nasica, exigió al cónsul Escévola que actuara para acabar con Tiberio Graco, pero éste, que había pertenecido a la factio del tribuno, se negó. Escipión Nasica decidió actuar por su cuenta. Echándose sobre la cabeza la toga, como si se dispusiera a hacer un sacrificio, se echó a las calles y lideró a una gran masa de clientes de los senadores para que le acompañaran, armados con palos y estacas.

En la asamblea de la plebe cundió el pánico. La noticia de que un grupo de hombres armados se aproximaba hizo que los asistentes se dispersaran. Sólo los más acérrimos partidarios de Tiberio permanecieron en el lugar, dispuestos a defender a su líder. 

Tiberio y los suyos se refugiaron en el Capitolio, donde creyeron poder hacer frente al ataque más fácilmente. Sin embargo, cuando Nasica y los suyos cayeron sobre ellos, apenas pudieron presentar resistencia. Varios centenares de hombres murieron aquel día, defendiendo al tribuno de la plebe que había prometido repartirles tierras y sacarles de la miseria.

El propio Tiberio murió de un golpe en la cabeza, propinado con una estaca de madera por uno de los hombres de Escipión Nasica. Su cuerpo, privado de sepultura y rituales funerarios, fue arrojado al Tíber, un destino sólo reservado a los peores criminales que atentaban contra la República.   

PARA SABER MÁS…

«Tiberius Sempronius Gracchus: tradition and apostasy», Alvin H.  Bernstein

 

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