¿Por qué firmó la URSS el pacto de no agresión con la Alemania nazi?

¿Por qué firmó la URSS el pacto de no agresión con la Alemania nazi?

A la hora de valorar y hacer un balance de la evolución de la Unión Soviética en tiempos de Stalin, una de las acusaciones que suelen salir a la luz es la cuestión del pacto de no agresión y reparto de tierras firmado por Moscú con la Alemania de Hitler. La consecuencia inmediata de este pacto, conocido como Ribbentrop-Mòlotov por los dos ministros de asuntos exteriores que los firmaron, fue el reparto de Polonia una vez la Alemania nazi se lanzó a la conquista de este país el 1 de septiembre de 1939. La Unión Soviética, aprovechando la debilidad del ejército polaco y la situación de caos en la que estaba sumido el país, aprovechó para hacerse con todos sus territorios del este, haciendo así real lo contemplado en el pacto del que hablamos. 

Sin embargo, a simple vista y con las bases ideológicas de ambos estados, nazi y soviético, esta colaboración parece totalmente antinatural. Hitler había llegado al poder con una promesa de lucha contra el marxismo y de expansión territorial hacia el este para someter a los pueblos eslavos. ¿Por qué aceptó Stalin esta alianza con el nacionalsocialismo? ¿Qué llevó a la URSS a buscar un compromiso de aspecto tan controvertido? 

Las relaciones exteriores de la URSS en los años treinta

Para entender este movimiento de Moscú hay que poner el tratado Ribbentrop-Mòlotov en su justo contexto histórico. El juego de las relaciones internacionales en 1939 era extremadamente complejo, con cambios constantes, recelos mutuos y una sensación muy intensa de que un conflicto de grandes proporciones podía estallar en cualquier momento. Además hay que tener en cuenta que no se pueden juzgar las decisiones tomadas antes de 1939 contaminados por nuestro conocimiento de lo que ocurrió después de este año. Las matanzas de civiles, la sangría de los campos de batalla y, sobre todo, el impacto del Holocausto, son imágenes que todos tenemos hoy en mente pero que los políticos y militares con responsabilidades de mando y gobierno antes de la Segunda Guerra Mundial no podían sospechar. Tenemos por tanto que situarnos en el verano de 1939, e incluso en los meses y años anteriores, y analizar cómo estaba la situación en Europa y en el mundo.

En los años treinta del siglo XX, la Unión Soviética se encontraba completamente aislada en el panorama internacional. El triunfo del ejército rojo en la guerra civil había supuesto la derrota no sólo de los zaristas y los liberales, sino también de las potencias occidentales que habían apoyado a los llamados blancos. En consecuencia, los países capitalistas se habían fijado un nuevo objetivo: evitar que la revolución se extendiera a otros territorios y que la URSS pudiera alentar a la toma del poder por parte de los diversos partidos comunistas. El miedo al comunismo se convirtió en una constante en estos países, y no eran pocos los que políticos que veían en Moscú el gran enemigo a batir.

Mientras esto ocurría, en Alemania e Italia el fascismo iba cobrando forma definitiva y se consolidaba en el poder. Había sido precisamente ese miedo al contagio revolucionario lo había dado alas a los fascistas y lo que había hecho que las élites financieras y económicas abrazaran sin dudarlo el nuevo credo totalitario bajo cuyo paraguas veían sus patrimonios asegurados. En Inglaterra se miraba con más preocupación a Moscú que a Berlín o a Roma, y no eran pocos los políticos y personajes de alcurnia que miraban con abierta simpatía a Hitler y Mussolini. 

Esta realidad quedó plasmada cuando estalló la guerra civil española. La República española, con un gobierno en el que la presencia de comunistas y socialistas era nula, se vio abandonada en el contexto internacional ante el golpe de estado militar que sí recibió de inmediato el apoyo de los países fascistas. Aunque en un principio Francia trató de ayudar a la República de España, Inglaterra forzó a su aliado a que cerrara sus fronteras y a que tanto los galos como el resto de países se sumaran a un pacto de no intervención. Italia y Alemania siguieron ayudando a los golpistas, mientras la República veía cómo las potencias democráticas la abandonaban y se veía obligada a echarse en brazos de la Unión Soviética, único país que les brindó una cierta ayuda. Inglaterra había demostrado la línea maestra de su política internacional: prefería una España fascista a una España en la que hubiera cualquier indicio de revolución marxista

Vemos por tanto cómo a mediados de los años treinta las relaciones entre nazis y soviéticos eran cualquier cosa menos amistosas, algo que convenía a Inglaterra, ya que, con Chamberlain al frente de su gobierno, consideraban a Hitler como un tapón en el centro de Europa ante una posible expansión rusa hacia el oeste. El acuerdo Antikomintern firmado por Alemania y Japón terminó por enfrentar a nazis y soviéticos, que se veían atrapados entre una potencia europea y una asiática.  

La labor diplomática de Maksim Litvínov

La URSS, al verse aislada y amenazada, comenzó a hacer una serie de esfuerzos para acercarse a Inglaterra y a Francia. El principal representante de estos movimientos fue el ministro de asuntos exteriores ruso Maksim Litvínov, firme partidario del acuerdo con los países democráticos como medida para mantener a Alemania rodeada del mismo modo que había ocurrido antes de la Primera Guerra Mundial. Litvínov desarrolló todo un plan de cooperación con Francia e inglaterra que incluía la ayuda militar en caso de que alguno de los tres países fuera objeto de una agresión. El responsable de exteriores soviético contaba con una amplia trayectoria de negociaciones con Inglaterra, ya que había sido el embajador no oficial de Rusia en Londres tras la revolución y había mediado en numerosos conflictos entre diversos países. Litvínov fue también un férreo defensor de la presencia soviética en los organismos internacionales, y de la necesidad de dar un peso fuerte a la Sociedad de Naciones, ante la cual fue representante. 

Los esfuerzos de Litvínov no tuvieron, sin embargo, eco alguno en las políticas de Francia e Inglaterra. Chamberlain y Daladier, primer ministro del Reino Unido y presidente del gobierno francés respectivamente, seguían mirando con recelo y miedo hacia Moscú, y preferían una política de entendimiento con Hitler antes que acercarse a Stalin. En septiembre de 1938 se reunieron en Múnich con Hitler y Mussolini para , entre otras cosas, dar legitimidad a la ocupación nazi de Checoslovaquia. La URSS no fue invitada a esta conferencia, y desde Moscú se culpó de forma directa a Litvínov de este fracaso. Pese a ello, el diplomático no fue depuesto de forma inmediata, y dispuso de unos meses para tratar de reflotar su proyecto de alianza con Francia e Inglaterra. Stalin mismo supervisó la última propuesta: un acuerdo formal de diez años de duración con incluía garantías para todos los países que tuvieran frontera con la URSS. Inglaterra y Francia volvieron a rechazar la alianza. Litvínov fue fulminantemente cesado y en su lugar se nombro a Vyacheslav Mólotov, mucho más cercano a Stalin y partidario de romper el hielo con la Alemania nazi. 

La llegada de Mólotov supuso un giro radical en la política de exteriores de la URSS. Además de iniciar una purga de judíos en todas las cancillerías y sedes diplomáticas, Mólotov se apresuró a ponerse en contacto con su homólogo alemán, von Ribbentrop, para negociar las cláusulas de un tratado de no agresión. El camino del pacto Mólotov-Ribbentrop estaba abierto. 

PARA SABER MÁS… 

Taibo, Carlos Historia de la Unión Soviética

Carr, E.H. La revolución rusa: de Lenin a Stalin

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