¿De quién son las esculturas de la Plaza de Oriente de Madrid?

Cuando uno pasea por la Plaza de Oriente, frente al Palacio Real, uno de los primeros elementos que atraen la atención son las decenas de esculturas que rodean el lugar por dos de sus flancos. Esculturas blancas, maltratadas por el paso del tiempo y los excrementos de las aves. Esculturas de rostro casi borrado, realizadas en un material de apariencia blanda, de escasa calidad. Esculturas que, con sus ojos casi desaparecidos en sus cuencas, observan la vida de uno de los espacios más bellos de Madrid.

Si uno se acerca a estas estatuas y contempla el pedestal en el que se alzan puede observar que todas tienen una inscripción que nos indica el nombre del personaje en cuestión. Nombres de reyes del pasado, a los que sólo los más versados en historia de España conocen. Nombres medievales que a algunos les traerán recuerdos de bachilleratos ya pasados, en los que la memorización de la lista de los reyes godos era de obligado cumplimiento. ¿Quiénes son estos personajes inmortalizados en los costados de la Plaza de Oriente? ¿Quién ordenó que estuvieran en ese lugar?

La historia de estas esculturas está relacionada con la del Palacio de Oriente, frente al cual se encuentran hoy. Cuando Felipe V llegó a Madrid, se encontró con que el lugar en el que tenía que residir, el Alcázar Real, era un edificio oscuro y frío, muy diferente de la Corte de Versalles en la que se había criado. Aunque al comienzo de su reinado se resignó a la presencia de ese palacio heredado, cuando el Alcázar fue destruido por un incendio, el rey vio su oportunidad para construir uno nuevo según sus deseos. Fue así como surgió el nuevo Palacio de Oriente, una versión reducida, el tesoro público no daba para más, de los palacios parisinos de época de Luis XIV.

Felipe V no llegó a ver terminado el proyecto, pues la muerte le sorprendió antes, sino que fue su hijo, Carlos III, quien concluyó las obras, no sin antes recomendar algunos cambios en el proyecto original a su arquitecto de confianza, el muy afamado por entonces Francesco Sabatini. Sabatini fue el encargado de rematar las obras del palacio y añadir su decoración, y para ello concibió la idea de llenar las alturas del edificio con las esculturas de todos los reyes de España desde tiempos de la monarquía visigoda hasta los Reyes Católicos, una lista que sumaba más de cien individuos.

El arquitecto, que contaba con la confianza y los fondos de Carlos III, encargó las esculturas a diversos artesanos. Dado que las estatuas iban a estar situadas en lo alto del palacio, no era demasiado importante que el escultor se detuviera en realizar detalles de precisión. Del mismo modo, para ahorrar en el precio final se decidió que las estatuas no se realizarían en materiales nobles, sino en piedras blandas, más baratas. 

Las esculturas estaban listas para ser colocadas en su lugar cuando el destino quiso intervenir, en este caso en forma de mujer. La reina madre, Isabel de Farnesio, acudió a su hijo para informarle de que había tenido una horrible pesadilla en la que el centenar de estatuas lograban vencer con su peso el techo del palacio, causando un derrumbe y la muerte de todos cuantos en él dormían. Fuera por complacer a su madre, una mujer que ha pasado a la historia por su gran carácter, fuera porque el efecto estético del centenar de estatuas no terminaba de convencerle, Carlos III ordenó a Sabatini que redujera el número de las mismas que serían colocadas sobre el edificio.

El arquitecto obedeció, y sólo unas pocas privilegiadas llegaron a cumplir el destino para el cual habían sido encargadas. El resto fueron almacenadas en los sótanos del palacio, aguardando tiempos mejores. Curiosamente, los pedestales de las estatuas ya estaban listos en su lugar original, sobre el tejado del palacio, y ahí siguen, aguardando a unas esculturas que nunca llegarían. 

Las estatuas languidecieron en los sótanos hasta que la reina Isabel II, nieta de Carlos III, ordenó sacarlas de aquel lugar y utilizarlas para embellecer diversos puntos de Madrid. Fue entonces cuando algunas de las esculturas fueron colocadas en la Plaza de Oriente, no muy lejos del lugar original en el que iban a ser emplazadas. Con ligeros cambios debidos a las obras de remodelación de este espacio, esas esculturas continúan en el lugar, mirando hacia el palacio cuya fachada debían haber decorado. 

No todas las esculturas encargadas por Sabatini están, sin embargo, en la Plaza de Oriente. Su número era excesivo incluso para esta amplia explanada. En diversos momentos de los siglos XIX y XX, algunas de ellas fueron situadas en el parque del Retiro, en diversas calles de Madrid, e incluso fueron enviadas fuera de la ciudad como regalo, llegando hasta lugares como Logroño, Toledo o Vitoria. 

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