Análisis y comentario de las pinturas del ábside de San Clemente de Tahull

ANÁLISIS Y COMENTARIO DE LAS PINTURAS DEL ÁBSIDE DE SAN CLEMENTE DE TAHULL

En este artículo ofrecemos un análisis y comentario de las pinturas de San Clemente de Tahull según las pautas exigidas en la asignatura de Historia del Arte de Bachillerato. 

La imagen muestra la parte interior de un ábside decorado con pinturas al fresco. En la cuenca del ábside observamos una figura masculina de gran tamaño, sentada, con el brazo levantado en actitud de bendición y sosteniendo en su rodilla un libro. A su alrededor se disponen otras figuras, tanto humanas como animales, todas ellas aladas. En la parte inferior, repartidas bajo unos falsos arcos pintados sobre el muro, hay cinco figuras humanas. 

ANALISIS DE LAS PINTURAS DEL ÁBSIDE DE SAN CLEMENTE DE TAHULL

Estamos ante una pintura mural, realizada directamente sobre la pared del edificio, mediante la técnica del fresco. La superficie parece ser completamente lisa, sin ningún tipo de rugosidad.

La línea tiene una importancia capital en esta composición, y domina claramente sobre el color. Es la responsable de delimitar las formas, con trazos muy gruesos y oscuros. Tiene también una función compositiva, ya que delimita las diferentes zonas de la obra. Hasta cierto punto suple la falta de volumen en las figuras. 

La luz no tiene presencia apenas en esta obra más allá del juego que el artista realiza en las tonalidades de los colores. Es tan uniforme que resulta inexistente. 

El color, aunque supeditado a la línea, tiene una gran importancia. Encontramos colores muy vivos con una gran variedad cromática que va desde los más fríos (azules) a los más cálidos (rojos, naranjas, púrpuras). Con excepción de los ligeros matices que se aprecian en los pliegues de las ropas, que logran una cierta sensación de volumen, son colores planos sin gradación cromática. 

El estudio del espacio es inexistente: no hay más fondo que unos colores planos sin detalles. Toda la pintura se desarrolla en un mismo plano, sin que al artista le haya interesado jugar con la perspectiva ni con otras ficciones de profundidad. 

La composición tiene una estructura simétrica en torno a un eje axial compuesta por la gran figura central. A sus lados se distribuyen el resto de figuras como si se tratara de un espejo, dando sensación de orden absoluto y cerrado. Todas las figuras presentan una jerarquía presidida por el hombre de la parte central, que además de ser de mayor tamaño que el resto ha sido pintado con una mandorla a su alrededor para desatacar su presencia. El resto de personajes y animales son de menos tamaño y están dispuestos más lejos del centro de la composición, lo que denota una menor importancia. 

Es una pintura figurativa de claro componente antinaturalista, sin estudio anatómico de los cuerpos ni sus posturas. Los rostros de los personajes son esencialmente el mismo, aunque podemos diferenciar a algunos de ellos por las barbas, el cabello o los elementos materiales que portan. Los rostros son también inexpresivos, carentes de toda emoción. Es evidente que para el autor era más importante la simbología que subyace en cada personaje que la representación plástica del mismo. 

COMENTARIO DE LAS PINTURAS DEL ÁBSIDE DE SAN CLEMENTE DE TAHULL 

Todos los elementos analizados nos permiten concluir que estamos ante una pintura del románico. En concreto, se trata de las pinturas que decoran el ábside de San Clemente de Tahull, que según los especialistas fueron realizadas bien a finales del siglo XI d.C., bien a comienzos del siglo XII d.C.

El tema, predominante en la época medieval en general y del románico en particular, es religioso. Se trata del llamado Pantocrator, la representación de Jesucristo en su faceta de señor todopoderoso, flanqueado por el Tetramorfos, la representación de los evangelistas según sus símbolos tradicionales. En la parte inferior aparecen representados algunos de los doce apóstoles y entre ellos la Virgen María. Este Pantocrator sigue las pautas habituales de estas representaciones en toda Europa: un hombre barbado, sentado y con la mano alzada en actitud de bendecir y un libro en el que pueden aparecer diferentes leyendas que en este caso es “Ego sum lux mundi” (Yo soy la luz del mundo). La representación de las letras griegas alfa y omega, primera y última del alfabeto heleno, hacen que Jesús se identifique también como Cronocrator, “Señor del Tiempo”, ya que estas letras simbolizan el principio y el fin de los tiempos, dos momentos en los que Jesucristo ha estado y estará presente.

El tema del Pantocrator representado según este esquema iconográfico tiene su origen en el Imperio Bizantino, lugar en el que se consagró la imagen de Jesús como un hombre de barba castaña y larga cabellera. Sin embargo, mientras en Bizancio estas representaciones suelen ser de medio cuerpo, el románico occidental las adaptó y prefirió representar al personaje de cuerpo entero. 

El Tetramorfos a su vez es un tema muy frecuente en la decoración medieval de portadas y ábsides, tanto en pintura como en escultura. Es la representación alegórica de los cuatro evangelistas tal y como se describe en el Apocalipsis de Juan. El toro representa a Lucas, el león a Marcos, el águila a Juan y el ángel a Mateo. Los evangelistas aparecen representados flanqueando al Pantocrator como testigos de su grandeza y responsables de ser cronistas de ello.

Más abajo, los apóstoles y María, los humanos que más cercanía tuvieron al Jesús hombre y que le acompañan también tras la resurrección.

La función que tenían estas pinturas en los tiempos en los que fueron concebidas y creadas era la de ilustrar a unos fieles en su mayoría analfabetos de forma que el mensaje que el sacerdote transmitía en las celebraciones resultara más sencillo de entender para ellos. Al mismo tiempo cumple también con una función decorativa muy importante que no debemos desdeñar. 

Esta iglesia y sus pinturas se enmarcan en los primeros tiempos de la Reconquista, un periodo de auge en esta región del valle de Bohí (actual provincia de Lérida) gracias a sus contactos con los reinos europeos al otro lado de los Pirineos. 

El autor, como es habitual en esta época, es anónimo, ya que se consideraba a los pintores meros artesanos que ponían su arte al servicio de quien les contrataba y, en caso de hacer pinturas religiosas, para mayor gloria de Dios, por lo que no solían dejar su firma en sus obras. Se ha denominado al autor de forma genérica Maestro de Tahull, y según algunos especialistas a él deberían atribuirse sólo las escenas centrales, mientras los evangelistas y los detalles de las arquitecturas las habría pintado un discípulo con menos talento. 

Las pinturas del ábside de San Clemente de Tahull fueron trasladadas al Museo Nacional de Arte de Cataluña en Barcelona para su correcta protección y restauración. En su lugar fueron realizadas unas copias exactas que son las que pueden verse hoy en la iglesia de San Clemente. 

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