La explosión del Maine en Cuba: el hundimiento del acorazado que precipitó la guerra entre España y Estados Unidos
La explosión del Maine en Cuba: el hundimiento del acorazado que precipitó la guerra entre España y Estados Unidos
Es el 15 de febrero de 1898, una noche cualquiera en el puerto de La Habana. De repente, una explosión monumental sacude la bahía y cambia para siempre el destino de millones de personas. El Maine, un gigante de acero estadounidense, se parte en dos y se hunde en cuestión de minutos. ¿Un accidente? ¿Un ataque? Hasta el día de hoy, nadie lo sabe con total certeza. Lo que sí sabemos es que este suceso provocó una reacción en cadena que acabó por dar el golpe final al imperio español en América y catapultó a Estados Unidos al escenario mundial como potencia a tener en cuenta.
¿Qué ocurrió exactamente el 15 de febrero de 1898 con el USS Maine en el puerto de La Habana?
¿Cómo llegó el acorazado estadounidense USS Maine a la bahía de La Habana?
El USS Maine no apareció en aguas cubanas por casualidad. El 25 de enero de 1898, este coloso de 6,682 toneladas recibió órdenes directas: rumbo a La Habana. Washington lo presentó como una «visita amistosa», supuestamente con objetivo de proteger a los ciudadanos estadounidenses mientras Cuba peleaba por su independencia contra España.
Desde 1895, los cubanos llevaban tres años luchando con uñas y dientes contra el dominio colonial, y a los estadounidenses les preocupaba lo que pasaba en su patio trasero. Cuando el Maine entró majestuosamente en la bahía habanera ese 25 de enero, los españoles pusieron su mejor cara diplomática, aunque por dentro desconfiaban ante aquella provocación. El capitán Charles Sigsbee, un oficial aparentemente cordial, mantuvo las formas durante tres semanas mientras los habaneros miraban boquiabiertos ese monstruo de hierro flotante. Para muchos cubanos que ansiaban la independencia, el Maine representaba esperanza; para los españoles, una amenaza velada.
¿Cuál fue la secuencia de eventos durante la noche del 15 de febrero?
Todo empezó como una noche tranquila en el puerto habanero. Eran las 21:40 de la noche, la mayoría de los marineros ya estaban en sus literas, algunos jugando a las cartas, otros escribiendo cartas a casa que nunca llegarían. Y entonces una explosión tremenda sacudió todo el puerto. Los testigos dijeron que primero fue como un trueno sordo, seguido casi al instante por una segunda explosión que literalmente levantó el Maine del agua. La columna de fuego se veía desde barrios enteros de La Habana. El orgullo de la marina estadounidense se partía como un juguete roto mientras los hombres atrapados en su interior luchaban desesperadamente por sobrevivir. Los que pudieron saltar al agua lo hicieron sin pensarlo dos veces. Pescadores cubanos y marineros españoles remaron como locos para rescatar a quien pudieron. El capitán Sigsbee, que estaba escribiendo tranquilamente en su camarote, logró salir a cubierta y ver cómo su barco se convertía en chatarra. En menos de diez minutos, el Maine ya estaba en el fondo del puerto. Las llamas iluminaban la noche habanera mientras comenzaba una crisis que arrastraría a dos naciones a la guerra.
¿Cuántas víctimas causó la explosión del acorazado Maine?



De 355 hombres a bordo, 266 murieron: más de tres cuartas partes de la tripulación desapareció en un instante. Algunos tuvieron la fortuna de morir al momento; otros quedaron atrapados en compartimentos que se llenaban de agua rápidamente, golpeando las paredes de metal hasta el final. Los cuerpos que se recuperaron contaban historias terribles: quemaduras, huesos rotos, pulmones llenos de agua salada. Cubanos y españoles trabajaron codo con codo durante días, sacando cadáveres del agua. Muchos estaban tan destrozados que fue imposible identificarlos. Marineros de 18 años junto a veteranos curtidos, todos iguales ante la muerte. Los enterraron primero en La Habana, aunque después los llevaron de vuelta a casa. De los 89 que sobrevivieron, muchos quedaron marcados de por vida, física y mentalmente.
El capitán Sigsbee tuvo que vivir con el peso de haber perdido a casi toda su tripulación. Y mientras tanto, en Estados Unidos, los periódicos ya gritaban «¡Recordad el Maine!» antes siquiera de que se supiera qué había pasado realmente. Esos 266 muertos se convirtieron en el pretexto perfecto para una guerra que muchos ya deseaban, especialmente entre las élites económicas de Estados Unidos.
¿Cuáles fueron las causas reales del hundimiento del acorazado USS Maine?
¿Fue una mina externa o una explosión interna lo que provocó el hundimiento?



Más de 120 años después, los historiadores todavía debaten qué ocurrió realmente. Desde el principio hubo dos bandos. Los que gritaban «¡sabotaje!» juraban que una mina española había volado el Maine por los aires. La comisión naval de 1898 respaldó esta teoría, aunque hay que reconocer que tenían prisa por encontrar un culpable. Los periódicos estadounidenses ya habían juzgado y condenado a España antes de que nadie investigara nada.
Otros expertos, sin embargo, miraron el asunto con más calma y dijeron: «¿Y si el problema vino de dentro?» Resulta que el Maine tenía un diseño que para algunos era cuestionable. Las carboneras estaban peligrosamente cerca de los depósitos de municiones y algunos defienden una teoría que sugiere que el carbón se calentó solo hasta provocar un incendio que llegó a la pólvora.
Probablemente nunca sabremos la verdad con absoluta certeza. Lo que sí está claro es que, fuera accidente o ataque, el hundimiento del Maine fue la excusa perfecta para empezar una guerra que ya se veía venir.
¿Qué revelaron las investigaciones de 1898, 1911 y las del almirante Rickover sobre la causa de la explosión?



Las investigaciones sobre el Maine fueron varias, pero por desgracia todas ellas poco concluyentes desde el punto de vista del historiador. La primera, en 1898, fue rápida y furiosa: fue una mina española, dijeron los estadounidenses. Por supuesto, con la guerra a la vuelta de la esquina, y una opinión público volcada hacia ella nadie se atrevió a contradecir esta hipótesis.
Los españoles a su vez hicieron su propia investigación y concluyeron que fue un accidente interno. En 1911, cuando ya la guerra había quedado atrás y Cuba era un país supuestamente independiente, sacaron los restos del Maine del agua. Nueva investigación, mismo resultado: los estadounidenses insistieron en que había sido una mina.
Sin embargo, en 1976, el almirante Hyman Rickover, una leyenda de la marina nuclear, reunió a los mejores expertos y se pusieron a investigar en serio. Analizaron fotos viejas, estudiaron los planos originales, hicieron pruebas con metales… Y su conclusión fue demoledora: probablemente fue el carbón el que se calentó solo y provocó todo el desastre. Según Rickover, el Maine era una bomba de tiempo flotante, con ese diseño que ponía las carboneras pegadas a las municiones. Aunque no se considera concluyente por completo, no hay duda de que esta es la investigación con base más sólida y sobre todo la que tenía menos intereses directos en que se afirmara una cosa o la otra.
¿Podría la combustión espontánea en las carboneras haber causado la explosión del Maine?
En aquella época la posible combustión por accidente del carbón almacenado era un problema conocido en los barcos de vapor, aunque nadie le prestaba la atención que merecía. El carbón bituminoso es traicionero: cuando está húmedo y apilado, empieza a calentarse por dentro debido a reacciones químicas. Como un montón de compost, pero mucho más peligroso. Basta pensar en febrero en La Habana, calor y humedad presentes, carbón viejo almacenado durante semanas… Es la receta perfecta para el desastre. Lo peor es que en el Maine, algún genio decidió poner las carboneras justo al lado de las santabárbaras (los depósitos de pólvora), separadas solo por una plancha de metal.
Cuando Rickover y su equipo estudiaron esto en los años 70, se llevaron las manos a la cabeza. Los análisis mostraron que el metal estaba doblado hacia afuera, como si la explosión hubiera venido de dentro. Otros barcos de la época habían tenido incendios por la misma causa, aunque ninguno con consecuencias tan catastróficas. ¿Fue esto lo que pasó realmente? No podemos estar seguros por completo, pero tiene mucho sentido. A veces, las explicaciones más simples son las correctas, aunque no sean las más convenientes políticamente.



¿Cómo utilizó la prensa amarilla la explosión del Maine en el puerto de La Habana para incitar a la guerra?
¿Qué papel jugaron los periódicos estadounidenses en la interpretación del hundimiento?
Si crees que las fake news son algo moderno, basta echar un vistazo a lo que hicieron Hearst y Pulitzer con el Maine. Estos dos magnates de la prensa estaban en guerra entre ellos por ver quién vendía más periódicos. Y entonces les cae del cielo la historia perfecta. Ni siquiera esperaron a que se enfriara el agua en La Habana cuando ya estaban imprimiendo titulares del tipo «¡ESPAÑA ASESINA A NUESTROS MARINEROS!». El New York Journal de Hearst llegó a ofrecer 50.000 dólares (una fortuna en aquella época) a quien identificara a los «culpables». Publicaban dibujos inventados de supuestas minas españolas, testimonios fabricados, cualquier cosa que vendiera. Los corresponsales en Cuba mandaban historias lacrimógenas sobre las víctimas, mezclando verdades a medias con pura ficción.
La estrategia funcionó a la perfección. «¡Recordad el Maine, al infierno con España!» se convirtió en el grito de guerra nacional. Hasta los periódicos serios se subieron al carro belicista. Si osabas sugerir que quizás, solo quizás, había sido un accidente, eras poco menos que un traidor. Años después, Hearst presumiría de haber «dado» a Estados Unidos su guerra con España. Y no exageraba demasiado: estos tipos no solo informaron sobre el Maine, literalmente fabricaron la narrativa que hizo la guerra inevitable.
De este modo, las élites económicas estadounidenses consiguieron su objetivo: España fue derrotada y la Cuba supuestamente independiente se convirtió en el material perfecto de especulación para que sus empresas pudieran hacer negocio.
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