¿Qué son las Huellas de Laetoli en Tanzania? Cuando los homínidos dejaron su marca al caminar hace millones de años. 

¿Qué son las Huellas de Laetoli en Tanzania? Cuando los homínidos dejaron su marca al caminar hace millones de años. 

En las capas de ceniza volcánica endurecida en Tanzania los arqueólogos hallaron un documento excepcional: las huellas de Laetoli, un vestigio del pasado esencial sobre el momento en que nuestros ancestros decidieron ponerse de pie y caminar. Estas impresiones fosilizadas han cambiado por completo lo que sabíamos sobre cuándo empezamos a andar erguidos, ese pequeño detalle que terminó marcando nuestro destino como especie.

¿Qué son las huellas de Laetoli y cómo aparecieron en Tanzania?

Huellas de Laetoli

El hallazgo de Mary Leakey en 1976: cuando el juego se convirtió en ciencia

Las huellas de Laetoli son sin duda uno de los hallazgos arqueológicos y paleoantropológicos más importantes de la historia. Mary Leakey y su equipo las encontraron en 1976, y la historia de cómo sucedió es casi de película. Los miembros del equipo estaban jugando a lanzarse estiércol seco de elefante cuando alguien notó unas marcas raras en el suelo. Mary Leakey, con ese instinto que solo tienen los grandes científicos, se dio cuenta enseguida de que aquello no era cualquier cosa.

Lo que encontraron cambió todo. Era una pista de pisadas que se extendía por casi 27 metros en lo que llamaron «Sitio G». Como una fotografía del pasado más remoto, estas huellas demostraban que hace más de tres millones de años ya había seres que caminaban erguidos. El descubrimiento puso patas arriba muchas teorías y nos dio pruebas sólidas de que el bipedismo es mucho más antiguo de lo que pensábamos.

Huellas de Laetoli

Un milagro geológico: cómo se conservaron estas huellas durante millones de años

La conservación de estas pisadas es algo que roza lo milagroso. Hace unos 3.6 millones de años, el volcán Sadiman cubrió la zona con cenizas. Justo después cayó una lluvia que convirtió esas cenizas en algo parecido al cemento fresco. Y estando todavía húmedo, tres homínidos de diferentes edades y tamaños caminaron por allí, dejando sus huellas perfectamente marcadas. Algunos autores, analizando el tamaño de las huellas, su forma y su profundidad, han concluido que se trataba de tres individuos diferentes, un macho extraordinariamente grande, uno más pequeño, probablemente una hembra, y uno más pequeño aun al que han identificado como una cría. Hay una interpretación más emotiva que científica que dice que el más pequeño iba detrás de los otros dos pisando en las huellas de estos. ¿Un niño jugando a caminar por donde lo habían hecho sus padres unos instantes antes? Pese a lo sugerente de esta reconstrucción, nunca sabremos si estos tres homínidos caminaron por separado o si lo hicieron juntos. Mucho menos sabemos con seguridad si estos tres homínidos tenían algún parentesco sanguíneo o si simplemente eran una hembra o un individuo juvenil siguiendo de cerca al individuo de mayor tamaño con algún objetivo. 

La fortuna quiso que, algo después de que estos tres homínidos pisaran esta capa de cenizas reblandecidas, otra capa de ceniza volcánica cayó encima, sellando las pisadas como si fueran un tesoro en una cápsula del tiempo. Con el paso de los milenios, todo aquello se transformó en toba calcárea, una roca que ha conservado hasta el más mínimo detalle. Los científicos pueden ver incluso las marcas de los dedos y calcular cuánta presión ejercía cada pie al caminar. 

Un lugar único en el corazón de África

Laetoli no es un sitio cualquiera. Se encuentra en el borde oriental de la famosa Garganta de Olduvai, dentro del área de conservación del Ngorongoro, al norte de Tanzania. Esta zona del Gran Valle del Rift es uno de los espacios del mundo más ricos en restos fósiles de los primeros tiempos de la humanidad: aquí se han encontrado tantos fósiles importantes que los paleontólogos la consideran una mina de oro.

Lo fascinante es que Laetoli no está solo. Cerca hay otros yacimientos legendarios como el lugar donde encontraron los restos del esqueleto que pertenece la famosa Lucy, el australopiteco más famoso del mundo. Toda esta región forma una especie de rompecabezas gigante que nos ayuda a entender cómo evolucionamos. Las capas de roca bien definidas hacen que sea relativamente fácil determinar la edad de los hallazgos. 

Huellas de Laetoli

¿Qué edad tienen estas huellas y por qué importa tanto?

3.6 millones de años: reescribiendo los libros de historia

Cuando los científicos confirmaron que las huellas tenían 3.6 millones de años, fue como si alguien hubiera movido las piezas del tablero evolutivo. Estamos hablando del Plioceno medio, una época en la que muchos pensaban que nuestros ancestros todavía andaban a cuatro patas la mayor parte del tiempo y erguidos de forma ocasional. Pero no, estas pisadas demostraban que ya entonces caminaban erguidos con toda naturalidad en largos desplazamientos.

Este descubrimiento obligó a los expertos a replantearse muchas cosas. Mientras los chimpancés seguían (y siguen) prefiriendo moverse principalmente a cuatro patas, nuestros antepasados ya habían dado el salto al bipedismo. Las huellas nos sitúan en un momento clave: cuando diferentes especies de australopitecinos experimentaban con distintas formas de vivir y desplazarse, preparando el terreno para la aparición eventual de nuestro género, Homo.

La ciencia detrás de la fecha de un fósil: cómo sabemos su antigüedad

¿Cómo pueden los científicos estar tan seguros de la edad? Usaron principalmente la técnica de potasio-argón, que funciona muy bien con material volcánico. Básicamente, miden cuánto potasio-40 se ha convertido en argón-40, y eso les dice cuánto tiempo ha pasado desde que las cenizas se solidificaron.

También usaron la versión mejorada de esta técnica (argón-argón), que es aún más precisa. Y como buenos científicos que no dejan nada al azar, verificaron todo con otros métodos: estudiaron los cambios magnéticos en las rocas, examinaron los fósiles de animales encontrados en las mismas capas… Todo apuntaba a la misma fecha. Cuando diferentes métodos te dan el mismo resultado, puedes estar bastante seguro de que has dado en el clavo.

Un antes y un después en nuestra historia evolutiva

Las huellas de Laetoli marcan un hito fundamental en nuestra línea temporal: aparecen unos 2 millones de años antes que los primeros miembros del género Homo. Esto significa que los homínidos empezaron a caminar erguidos mucho antes de desarrollar cerebros grandes o de empezar a fabricar herramientas sofisticadas. Es como si la naturaleza hubiera decidido que primero había que aprender a caminar y luego ya vendría lo demás.

Estas pisadas llenan un hueco importante en nuestro álbum familiar evolutivo. Conectan a los homínidos más antiguos (como el Sahelanthropus de hace 7 millones de años) con los australopitecinos posteriores y, finalmente, con las especies del género Homo. Muchos museos, incluido el Museo de la Evolución Humana en Burgos, tienen réplicas de estas huellas porque son fundamentales para contar nuestra historia. Son la prueba tangible de que hace 3.6 millones de años, alguien muy parecido a nosotros en su forma de caminar dejó su marca en el barro.

¿Cómo caminaban realmente estos antiguos homínidos?

La prueba definitiva del bipedismo en Australopithecus afarensis

Las huellas de Laetoli son como un manual de instrucciones sobre cómo caminaban nuestros ancestros. Al examinarlas con detalle, los científicos han encontrado características sorprendentemente humanas. Tienen un arco en el pie bien marcado, el dedo gordo está alineado con los demás (no separado como en los simios), y el patrón de pisada va del talón a los dedos, igual que cuando nosotros caminamos.

Los análisis de alta tecnología han permitido reconstruir cómo funcionaba el pie de estos homínidos. Y aunque había algunas diferencias con nuestros pies actuales, está claro que estos individuos no estaban jugando a caminar erguidos de vez en cuando, sino que ya tenían adaptaciones específicas para andar sobre dos piernas todo el tiempo. La profundidad y el ángulo de las pisadas nos dicen que quien dejó esas huellas hace 3.6 millones de años era un caminante experimentado, no un caminante erguido ocasional.

Parecidos y diferencias: comparando su forma de andar con la nuestra

Cuando los investigadores comparan cómo caminaban estos antiguos homínidos con nosotros, encuentran cosas fascinantes. Por un lado, la velocidad a la que iban (aproximadamente 1 metro por segundo) es básicamente la misma que cuando nosotros paseamos tranquilamente.

Aunque caminaban como nosotros en lo fundamental, había diferencias sutiles. Sus pasos eran un poco más cortos, movían más las caderas al andar y no estiraban tanto las rodillas ya que su anatomía era diferente: tenían la pelvis de otra forma y las piernas proporcionalmente más cortas. También giraban un poco más los pies hacia fuera al caminar.

Estas diferencias no significan que caminaran mal o que fuera un bipedismo «a medias». Al contrario, nos muestran cómo la evolución fue puliendo poco a poco nuestra forma de andar. 

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